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18/05 ¡Atención, atención! ¿Has descubierto alguno de los sucios secretos de tu enemigo y quieres que se haga justicia? ¿Tu mejor amigo te ha robado la novia después de liarse contigo? ¿Tu exnovio vampiro se ha cenado a tu madre? Cuéntaselo a Las Moiras y ellas se encargarán de que lo sepa todo el submundo.


18/05 ¡Atención, atención! ¡Aquí os dejamos las noticias recién salidas del horno! ¡Pasaos cuanto antes para echar un ojo! Seguimos perpetrando maldades...


29/03 ¡Atención, atención! La limpieza por inactividad se realizará a lo largo del día 31 de marzo. ¡Aprovechad los últimos momentos!


16/02 ¡Atención, atención! Las subastas serán cerradas a las 11 p.m (hora española), así que ¡aprisa si queréis una cita!


02/01 El Staff de Facilis Descensus Averni os desea ¡FELIZ 2020! Estad atentos a las noticias estos días...


02/12 ¡Atención, atención! ¡Aquí os dejamos las noticias recién salidas del horno! ¡Pasaos cuanto antes para echar un ojo! Seguimos perpetrando maldades...


29/07 ¡Atención, atención! La limpieza por inactividad se realizará a partir de las 22:00 horas en adelante del 31 de julio. ¡Aprovechad los últimos momentos!


06/06 ¡Atención, atención! ¡El Staff os ha preparado una nueva sorpresilla curiosa! ¡Pasaos cuanto antes para echar un ojo! Seguimos perpetrando maldades...


01/05 ¡Atención, usuario! ¡El Staff os ha preparado una nueva Trama Global! ¡Pasaos cuanto antes para echar un ojo y apuntaros, adoradísimos habitantes del submundo! Las maldades vuelven a comenzar...

25 # 37
14
NEFILIMS
5
CONSEJO
9
HUMANOS
9
LICÁNTRO.
8
VAMPIROS
11
BRUJOS
1
HADAS
4
DEMONIOS
1

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Mensaje— por Mauro De Leone el Dom Abr 26, 2020 7:17 pm

LUNA CRECIENTE
→ SÁBADO → 18:15 HORAS → BOSQUE  → LLUVIOSO

Boston, algún día de la semana pasada, 18:15 horas.

El repiqueteo constante de los zapatos del párroco era lo único que se escuchaba en el lugar. Era, en esencia, un sitio tranquilo donde las arañas encontraban su hogar. Mauro alcanzaba a vislumbrar unos cuantos murciélagos colgados en las alturas, donde la luz de las antorchas no incordiaban sus minúsculas existencias. Todo allí lo remarcaba, su pequeñez entre cúmulos de piedra y eternidad. Un hecho por demás paralizante. No así a esos dos que caminaban a paso lento pero certero, resbalar no era una opción cuando el médico más cercano estaba a miles de millas de distancia. Además, estaban acercándose a su destino, ya se escuchaban los murmullos de los hombres de Dios.

No podemos confiar en niños para hacer el trabajo sucio– El anciano sonaba molesto, alguien chistó cuando De Leone entró a la sala. Había contenido la respiración diez pasos antes, el aroma dulce amenazaba con hacerle vomitar, no lo soportaría por mucho, asumió tal condición y su mente le riñó por tener que hacerlo.

Inhaló suavemente hasta hinchar sus pulmones con el aroma mezclado de los ancianos y algo más, como un ligero toque de violetas. Arrugó la nariz mientras era presentado. Su rostro imperturbable dotaba de severidad su aspecto. Él parecía no poder sonreír jamás. Y, desde que regresó del "más allá" tenía el mismo semblante, adusto y cuadrado. No estaba interesado en cambiarlo, no podía arrancarse esos ojos escudriñadores, la piel blanca, sus casinos pulmones, sus manos fuertes o el cabello ensortijado. Todo él no le pertenecía. Nada aquí lo hacía.

Metió la mano en su bolsillo y extrajo su caja de mentas. Comió un par. Insufrible, se notó.

Esto fue lo que encontró el padre David– señaló el viejecillo que se enroscaba penosamente en su silla de ruedas. Mauro cogió el libro a medio quemar, sus hojas tiznadas ensuciaron sus guantes cuando lo soltó sobre la mesa, se abrió justo en la mitad. Se inclinó sobre el para intentar leer las líneas gruesas.

Lengua demoníaca– torció el gesto. Lo había visto antes, e intentaba descifrarlo respecto a otros escritos. Pero nada era concluyente, ni el Vaticano, en todos sus años de labor había logrado conseguir nada. Incluso este libro estaba en pésimas condiciones, temía sacarlo y que se esfumara entre cenizas.

Es de un brujo, su invocación salió mal, el infierno se lo tragó– su trabajoso inglés le hizo gorgorear. Alguien le dio unas palmadas, nadie allí le creía.

–Creí sería prudente dártelo... – Mauro asintió.

Me lo llevaré– extrajo una bolsa plástica y lo metió. –Les enviaré un informe– mintió, no informaba a nadie salvo a la Congregación de los Milagros, y desde su llegada a EU, no tenía nada. Salvo este pequeño libro que despedía el aroma de violetas, incluso entre sus dedos lo percibía. Se colocó la capucha y salió de allí con su aliento ascendiendo como una fumarola de un volcán furioso. El frío calaba hondo, lamia su piel, se enroscaba en sus cabellos, se lo llevaba lejos.


NY, sábado, 18:15 horas.

Iba a toda prisa, el cielo refunfuñaba con violencia. En el noticiero, por la mañana, escuchó que ese día sería cálido y amoroso. En realidad, desde media tarde se la pasaba carraspeando con aire y frío. Un frío infernal que le hacía tener mal humor, porque ahora traía demasiada ropa encima. Se ganaba miradas burlonas, inmediatamente se notaba que era extranjero, lo que le desesperaba mucho más. Llevaba consigo el libro para enviarlo a la Congregación, no había sacado mucho de él por ahora, y eso no interesaba porque se hallaba cruzando el bosquecillo.

Pensó, inocentemente, que le sobraría tiempo para llegar a la postal, pero el padre tiempo tenía otros planes. Pobre de aquel sacerdote que tenía que caminar forrado en capas de tela y con la torrencial lluvia que se asomaba era difícil verse feliz en una situación como aquella. Menos, cuando las primeras gotas comenzaron a derramarse como espesas lágrimas de infelices ángeles. Tan infelices como él mismo.

Cómo alma que lleva el diablo sorteó algunas ramas hasta que, sin verla, tropezó. Si, si. Lo más cliché del mundo, tropezó con una chiquilla. Ella estaba sentada en la tierra. ¡Sentada! ¿Quién hacía eso a esta hora y con ese tiempo? Él no, sin duda. Pero, ella si y era lo que importaba, porque hizo que él prácticamente se le echara encima como la misma lluvia sobre ellos.

¡Dios! – quería lanzar improperios, pero no podía hacerlo, –¿Qué haces niña?– encogió las piernas para impulsarse y levantarse. Le dolió la rodilla, salvo por eso, no le pasó nada por su ropa. Bienaventurados los prevenidos. –Está lloviendo– dicho lo obvio, su olfato fue lo primero en prevenirlo. Secuoya. El aroma de los brujos. ¿Qué cómo lo sabía? Había visto muchos "fanfarrones" y descubrió que sólo los que compartían el aroma de la secuoya tenían talentos ocultos. Chamanes, los llamaban las tribus.

Motivado por la curiosidad, levantó la mirada hacia ella.

¿Quién eres?

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Mensaje— por Todd Cooper el Dom Abr 26, 2020 9:50 pm

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→ SÁBADO → 18:15 HORAS → BOSQUE  → LLUVIOSO


Había estado trabajando toda la mañana en la pizzería, no sin haber hecho alguna de las suyas. Estaba acostumbrándose a esa vida normal y corriente, que de hecho tenía poco de normal. Apenas llevaba dos semanas alejada de la secta y el mundo era tan increíble como diabólico. Por mucho que intentaran hacerle entender que era, como debía actuar, las leyes... El submundo. Era demasiado información para una mente enferma de blasfemias, de un dios y de demonios que aun la carcomían por las noches. Nunca descansaba. Igual por ese motivo era tan sumamente torpe. O quizá porque pocas veces había andado en un pavimento que no fuera marmóreo.

No es que no le gustara su nueva vida, porque sería una difamación. Simplemente después de llevar toda su existencia entre cuatro enormes paredes el mundo libre era demasiado sofocante. Y más aun cuando no tienes una libertad total, algo que ella necesitaba más que el propio oxígeno para respirar. Pero en comparación, era una brisa de aire fresco. Y eso que muchas veces se sentía como ese enviado divino que siempre le hablaba de sus demonios, como controlarlos, como debía actuar, como controlarla... Solo que en esa situación, con el Preator, era más bien un "no puedes hacer esto. No puedes hacer aquello. Esta es la ley. Tu eres una bruja". ¿Qué significaba ser una bruja? ¿Acaso no era lo mismo que le decían esos desgraciados de la secta? Tenía el demonio dentro.

Mientras se cambiaba de ropa, ya que la primera olía demasiado a ingredientes del manjar de la pizza, observaba el día tormentoso desde la ventana, sintiendo unas ganas enormes de salir y vivir. No lo pensó mucho, la verdad. Todd a veces se dejaba guiar por sus instintos banales ahora que podía hacerlo. Por eso cogió su chupa y salió sin pensárselo, siguiendo un rumbo indefinido que le llevó a un parque grande y espacioso. No se escuchaba el ruido de los pájaros que habían decidido esconderse de la lluvia, tan solo el pequeño trayecto de las gotas cayendo en el suelo húmedo por su contacto.

Era una auténtica estúpidez, sí, pero aun así se sentó, dejando que la naturaleza embargara por completo su ser. La lluvia era natural y no recordaba haberse puesto mala nunca. Quizá una vez de pequeña, pero se sentía inmune a cualquier virus que quisiera atacarla. Mientras esa paz inundara su pecho no importaba nada más.

No sabría decirse cuanto rato estuvo así, en silencio, sin pensar... Solo disfrutando de la lluvia cayendo por su hermoso rostro. Pero todo se detiene en algún momento, y no fue la parada de la lluvia la que la sacó de su ensimismamiento, sino un golpe contra ella y la voz de un hombre que llegó poco después a sus oídos. Con suma calma abrió los ojos, en los cuales no dejaba de caer agua por lo empapada que estaba, y contempló a ese ser que tenía ante ella. ¿Podría ser un humano normal? ¿Alguien del submundo? ¿Quizá un brujo como ella? No, decididamente no podía ser alguien como ella. No destilaba esa esencia tan sumamente demoníaca como bien decía el señor divino de la secta.

-¿Niña? - ¿Qué le veía de niña? No tenía nada excepto su mente perturbada por una falta de infancia. Era gracioso, pues era fácil pensar que era sumamente infantil. No en ese momento donde la paz la carcomía.- Me llamo Todd.- Había cogido todas sus iniciales de sus miles de nombres para crear uno nuevo. Tori le resultaba demasiado doloroso como para seguir usándolo. Y Todd era... Era toda ella, suponía. De todas formas, alzó el rostro hacia el cielo, notando aun más la lluvia cayendo sobre su rostro. La naturaleza. Hasta que no fue libre nunca pudo sentir la magia y el frío de la lluvia sobre su cuerpo, casi ni siquiera verla por la ventana.- Si que llueve. Por eso estoy aquí. ¿Y tu? - Ladeó el rostro, aun mirando hacia el cielo oscuro y tormentoso.- Da igual donde me esconda. Nunca dejo de oír hablar de Dios... ¿Será el mismo? - Fue entonces cuando lo miró, por primera vez.- ¿Te has hecho daño?



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Mensaje— por Mauro De Leone el Dom Abr 26, 2020 10:50 pm

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La primera vez que había visto a un brujo, era un tipo de grandes dientes azules y la sonrisa más siniestra que podrías ver. Solía tener un abrigo de piel y cuentas de colores en el cuello. Los lugareños iban por "limpias", y se llevaban raíces como pociones mágicas. Mauro se disgustó bastante, pero no pudo dejar de pensar que ante la falta de Dios en esa comunidad, poco podía hacer. No existía ningún misionero destinado a esas tierras, y él sólo estaba de paso. Eso no impidió que pudiera tener una reunión con aquel sujeto. Le sorprendió la afabilidad con que se desempeñaba y ese aroma peculiar que jamás lo precisó. Secuoya. El distintivo arcaico de los poseedores de maga, según, por supuesto, de las leyendas más antiguas de la civilización.

El brujo, no habló de nada distinto que sus habilidades, el cobro de un impuesto por sus servicios y la calidez con que se podía vivir. Claro que, muchos le rehuian y temían, pero él aceptaba eso con todo el agrado posible, pues le daba cierto estatus. Mauro entendía eso, y pese que dudaba de la veracidad de una auténtica magia, registró lo aprendido en el informe. El aroma, seguía siendo su principal apoyo a la hora de identificar a las personas, incluso, a los que como él, tenían la visión. Era un sujeto peculiar, y no por ello iba preguntando a todo el mundo si veía pequeños "duendes" saltando entre los arbustos. Tampoco, quiero aclarar, es como si él los viera. Su visión era limitada, pues del mundo de las sombras sólo conocía los relatos de las historias de cuentos de hadas.

Tiempo después, se encontró con otros brujos, licántropos, vampiros, hadas y hasta cazadores. Era una pena que él no supiera que lo eran, porque solo su olfato los distinguía entre las razas pero su ignorancia de todo este mundo lo mantenía alejado hasta lo inverosímil. Una tragedia para tratarse de un estudioso como él. Le encantaría poder encontrar algo con que darse de frente con la Iglesia. Ángeles y demonios. Los hijos del Ángel de quien las escrituras jamás nombraron pero que la Iglesia reconocía cual existencia intranquila y solitaria. Todavía seguían inspeccionando sus armas en las bóvedas secretas. A veces, con asombro, los sacerdotes más antiguos solían hablar de las veces que esas bóvedas se encontraron vacías. Vaguedades, como el sacerdote que había visto en Boston... El infierno tratándose a un brujo. Si, como no.

Regresando a su situación actual, y que nada tenía que ver con brujos. Okay, si tenía porque estábamos hablando de la secuoya que se acrecentaba mientras la lluvia se desataba en una torrencial tormenta. Cubría todo el cielo con el manto oscurecido y allí donde las estrellas deberían tintinear, solo existía más oscuridad. El bosque sumido en silencio y falta de luz. Parecía que la película de terror comenzaba a partir de esta caída. Pero el sacerdote sólo podía estrechar sus ojos y con cierta inquietud a la chiquilla. Bruja. Ese pensamiento le asaltó.

Bruja.

No, la cacería había terminado hacía muchos años atrás. Imagino que era su sentido de supervivencia lo que le dejaba en el más intranquilo sentimiento. Como ese presentimiento de que la lluvia no expiara pecados, sino que los agrandará y demostrará que Dios está presente. Bien, quizá suene profético, pero solo una apreciación de que NY no estaba libre de esa atmósfera siniestra que acongojada a los lugares más apartados de Francia.

Solo hay un Dios, el mismo de todos– De Leone estaba seguro de algo, que ella no era humana. Lo constató, unos minutos más tarde cuando se ponía de pie en un pesado vaivén. Ella le observó, su mirada oscura le provocó un golpe en el pecho. Todo él se estremeció aunque su rostro sólo mostraba las líneas endurecidas que sólo la edad podría darle a cualquiera.

Entrecerró los ojos, –Todd– su lengua acarició la doble D en su fuerte acento. Al levantarse quizo sacudir su largo abrigo, pero ante la tormenta, lo único por hacer era echar sus molestos cabellos chorreantes. El cielo retumbó y el frío se sentía como una serpiente rodeando su cuerpo entero. Deseó poder salir de allí y meterse a la ducha. –Soy el padre Mauro, debemos salir de esta lluvia– miró a su alrededor,  –y este bosque... – extendió su mano hacia ella moviendo los dedos en la urgencia de largarse.

Ahora solo le quedaba el pensar, ¿por qué le quería ayudar?

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Mensaje— por Todd Cooper el Miér Mayo 06, 2020 3:27 pm

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Había algo que ella tenía muy claro desde el momento que tuvo consciencia: Su aspecto era aterrador. Y aunque le habían enseñado a ponerse el glamour podía reconocer perfectamente cuando alguien veía a través de él. De hecho, le habían hablado de humanos que tenían el don de la visión con los cuales no servía a un cien por cien ese poder. Todd no entendía muy bien nada de lo que le explicaban, pero retenía la información para conseguir entenderlo todo con la experiencia. Por eso, no le pasó desapercibida la reacción del hombre cuando sus ojos se encontraron. Había visto la realidad, aunque fuera por un segundo. Por lo tanto, volvió a apartar su mirada para posarla en la lejanía, esperando que se fuera y huyera de semejante monstruo que tenía ante él.

Mientras se quedó pensando en eso que había dicho de Dios. ¿Solo había un Dios? Apenas llevaba dos semanas lejos de la secta, pero si algo había visto es que muchas personas creían en cosas diferentes. Por lo tanto, ¿dios existía de verdad? ¿Acaso todos creían en el mismo pero pensaban que era uno distinto? ¿La gente era estúpida? Desde su perspectiva si que existía Dios, no por nada era de Texas y la habían encerrado en una secta. Si los demonios existían, siendo ella la prueba misma de ello, Dios tenía que existir también, ¿no? La pregunta quizás era que tipo de Dios era.

Pero todo volvió a irse de su mente al escuchar las palabras del hombre que, no solo no había huido, sino que le tendía la mano para levantarse. Todd se quedó mirando aquel gesto sorprendida realmente porque ese humano no hubiera huido. ¿Quizá no había visto su apariencia como ella había pensado? No. Estaba segura de que sí. Y aunque le costó un poco por el shock, acabó cogiendo su mano y levantándose del suelo con una enorme sonrisa en los labios. No entendía muy bien porqué, pero le agradaba ese hombre de Dios.

-¿Y por qué no nos quedamos y disfrutamos de la naturaleza? - sonrió mientras volvía a mirar al cielo tormentoso. Los pájaros estaban escondidos ante la lluvia y poco se oía aparte del repiqueo de las gotas contra el suelo y el sonido del aire.- Padre Mauro... ¿De una secta? - No quería volver a mirarlo para no incomodarlo.- ¿O de una iglesia normal? ¿Y de dónde eres? Tu acento no es de aquí. Y si quieres que me calle solo tienes que escuchar el viento. No hay nada más hermoso que ser libre, como el.- Quizá tanta verborrea no tenía sentido para el cura, pero ella estaba siendo sumamente sincera.


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Mensaje— por Mauro De Leone el Vie Mayo 08, 2020 6:22 pm

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Era sencillo dilucidar el drama tras los ojos de alguien; esos conflictos internos que acallan buenas voluntades y atormentan hasta el espíritu más tibio. Para él, el reconocimiento de estos atributos no era más que la sublime tempestad del entendimiento. ¿Quién puede ser verdaderamente empático ante el sufrimiento cuando no lo ha experimentado? Muchos podrían acusarle de mentir por decir que los concebía como suyos cuando su vida se reducía a un montón de experiencias dadas a la fe: religión, palabras, obras. Girando en torno a un Dios y su existencia reducida a un sinfín de versículos. Pero, pese a lo que pudieran pensar, él realmente comprendía los sentires, los encapsulaba en sus recuerdos como suyos, no siendo ni él mismo, incluso, cuando sabía que lo era. Ya no era todo entrañas, huesos, piel y cabello. Era un todo y era la nada. Fácilmente, era la concepción del hombre, y nada más.

Mauro pudo percibir el fracaso, el terror de sí mismo ante la contemplación de aquella mirada oscurecida por una “maldición”. Los escritos decían que con quien demonios juegan, en sus pactos futuros, la señal inequívoca del invocado quedará grabada en tu piel. Un tatuaje eterno que dará garantía de que tu alma no pertenece más a tu creador. Años y años de pactos volcados en generaciones. Mentira (claro está) o realidad, no se podía esperar nada bueno de los marcados. Sin embargo, todavía se podía hacer algo por ellos, una reconversión y las garantías individuales que todos poseen. Un fallido suspiro de libertad. Y no, no estamos pensando que el sacerdote pudiera dar esa garantía, pero, si algo podía hacerlo, era el libre albedrío del bien actuar.

Sintió la mano cálida de la chiquilla. Su corazón galopante en ese sencillo gesto justo después de su sonrisa. Una sonrisa fraccionada que solo la eternidad pudiera darle a alguien, pero ella era tan nueva en este mundo, que a cualquiera debería sorprenderle que pudiera tener la oscuridad marcada en la finura de su rostro. Solo la pesadumbre del pasado podía ser tan certera como para causar cicatrices profundas.

—¿Por qué hacerlo?— inquirió a su vez, dejando ir la mano de la joven para encogerse en su abrigo. Ese frío casi invernal podía joderle toda la existencia. Poco faltaba para que comenzara a castañear los dientes, y el aroma que ella expedía le ponía de los nervios. No en mala forma, pese a que su instinto le decía que era peligrosa, su sentimiento innato le recordaba que Dios destinaba personas en su camino por un plan mayor. —Moriremos congelados aquí— la severidad de sus rasgos reveló que, aunque pudiera parecer una broma, no lo era. De verdad creía que caería congelado en unos minutos. Su cuerpo se haría cual tempano.

—¿Disculpa?— esta vez, prestó más atención. Así que si se trataba de pactos, ¿sería prudente preguntarlo? —ninguna secta antecede el nombre con un título— metió las manos en sus bolsillos y redirigió su mirada hacia la desolación de un bosque que no aminoraba en movimiento, él no podía escuchar más que el agua corriendo entre las copas de los árboles, pero su olfato destacaba cada aspecto viviente del interior del bosque, incluso más que el aroma cálido de la bruja. —soy sacerdote de la Iglesia Católica— suspiró estremeciéndose, —siempre me he considerado una persona tolerante y dispuesta a responder una serie de preguntas cuestionando la ambigüedad del mundo y mi propia existencia, pero me temo que no será posible estando aquí— miró a su alrededor, —pese a lo que puedas pensar, soy partidario del agua, la naturaleza y toda creación de Dios, pero no cuando el frío entorpece mis sentidos y menos cuando la noche reclama sacrificios— ante eso último, una sonrisa de disculpa, porque no se refería a algo siniestro, sino físico, como el seguir andando en plena tormenta con lodo en los zapatos y agua en la ropa.


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Mensaje— por Todd Cooper el Jue Mayo 14, 2020 9:49 pm

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Quizá el frío para ella no era para tanto como para el padre Mauro. Estaba acostumbrada a dormir en lo más alto de una torre, encerrada en una celda con una sola manta, por lo que se había acostumbrado al frío. Tampoco es que durmiera mucho, solía pegarse las noches en vela para intentar estar dormida en las torturas matinales. De repente recordó el último libro que había leído y se echó a reír. No podía coger novelas, nunca le enseñaron a leer por lo que estaba con cuentos infantiles como Rapunzel: En lo más alto de la mas alta torre. ¿O era la del dragón? Ahora debería volver a leérselos. Pero no estaba mal, porque aunque le costaba mucho aprendía a leer y podía ver en los dibujos y en su imaginación cosas maravillosas, hermosos dragones, caballeros de brillante armadura y hermosas princesas. Hermosas, todo lo contrario a ella.

- Lo siento. Sí que pareces congelado.- Se quitó la chaqueta que llevaba y se la puso encima con una sonrisa enorgullecida. Aunque abrigaba, tampoco serviría de mucho, pues estaba mojada como el resto de su ropa. Pero ella no podía evitarlo, estar sentada en un parque en mitad de la lluvia le proporcionaba una honda paz, una tranquilidad que no había tenido en sus más de veinte años de vida. Amaba estar fuera de la secta, amaba la naturaleza que se le privo desde que era extremadamente pequeña. Hasta que no salió de ese horrible lugar, nunca le había caído una gota de lluvia en el rostro. Solo había podido verla y olerla a través de las rejas de su celda.

Se quedó escuchando al padre Mauro hablar sobre la secta, o Dios, o la iglesia... Decían que la iglesia era buena, que no tenía nada que ver con lo que ella había vivido. Suponía que era cierto. Había visitado varias iglesias en esas dos semanas, sin atreverse a entrar nunca no fuera a quemarse por esos demonios. Por mucho que le dijeran que no estaba poseída aun le costaba creerse todas esas palabras que acababan saturando su mente. ¿Quién tenía razón? ¿Los de la secta o esos licántropos? Les había visto volverse lobos grandes, ¿por qué no creerlos? Además la trataban bien y le dejaban salir, lo único que intentaban enseñarle unas normas que no entendía. No aun. Era muy torpe.

-¿La noche reclama sacrificios? -Esta vez si que le miró, totalmente confundida ante esas palabras y esa sonrisa que parecía de disculpa. Ladeó el rostro, intentando realmente entender al hombre. Desistió y posó la mano sobre su brazo para hacerle andar hacia un sitio donde pudiera entrar en calor.- Entonces la iglesia católica no encierra gente, ¿no? - Sí, le costaba entender el mundo, ¿pero cómo iba a hacerlo si no conocía a gente nueva? - Me he criado con un concepto de Dios diferente. No solo de Dios, sino de maldad y bondad... Por lo tanto no entiendo bien nada en general de lo que hay aquí fuera. - Quizá estaba hablando demasiado. - ¿Quieres ir a una pastelería? Hacen un chocolate caliente súper rico. Seguro que te calienta.



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Mensaje— por Mauro De Leone el Miér Mayo 20, 2020 5:55 pm

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Boston, algún día de la semana pasada, 18:15 horas.

Se contuvo.

Estaba así, conteniéndose de salir corriendo, aventurarse a contarle a todos lo que sus ojos habían visto aquella noche de tormenta. En cambio, estaba allí, conteniendo el impulso de alejarse mientras la joven colocaba la chaqueta sobre sus hombros; era pesada por el agua, y venía a colocarle un peso más sobre su cuerpo cansado y abrumado como lastre antigua. Podía apreciar su sonrisa pese a la oscuridad y no sabía cómo debía sentirse con eso. ¿Era bueno? Ella era tan solo una chiquilla, sin embargo, no parecía ser solo eso, tenía una esencia marchita y ese aroma que la colocaba como un enemigo antinatural. Quizá, estaba siendo demasiado paranoico, no era un enemigo, pero sí que antinatural. Ahora bien, sabía que sus investigaciones habían arrojado vistazos de su existencia. Una cacería de brujas por la Iglesia lo destacaba también como los días negros que lo sucedieron.

Gracias— una media sonrisa y más nada. Su mente viajando en senderos que jamás habían recorrido. Sí, era de mente muy abierta, se jactaba de serlo, había vivido tanto en aquella época donde dormía incapaz de acallar su propio espíritu. Pero, nada te prepara para encontrarte con tus pensamientos frente a ti, con todas esas aseveraciones donde lo irreal es la fantasía más sublime que adormece tus sentidos y te invita a recorrerla con los ojos bien abiertos. Claro está que, él no era más que un mundano con una capacidad de asombro muy grande, pero siendo lo más importante, que nunca se quedaba con las dudas. Por eso estaba aquí, por ello se resistía a salir sin algo que hiciera cambiar su mundo.

Sí, caminar en el lodo con este tiempo azotándote no es considerado un sacrificio o al menos, un tormento, entonces no sé qué lo sea— las exageraciones del sacerdote eran bien conocida entre los suyos, gustaban de hacerle bromas respecto a ellas, su inexplicable frío y su fascinación por el misterio.

Enarcó una ceja en duda: —¿qué es lo que dices?— comenzó a caminar, parecía que había llegado al consenso de salir de allí, la lluvia seguía insistente mientras salían del bosquecillo, —no y hasta donde sé, ninguna religión lo hace. No somos quienes para privar libertades y tampoco poseemos la facultad de emitir juicios de ley— echando un vistazo al pasado, podría ser que la Iglesia Católica fuese la más severa y extrema, pero los días en que era escuchada por el Estado, habían terminado. —¿A qué viene esa pregunta, pequeña…?— ¿había preguntado su nombre ya? —¿cuál es tu nombre?— le escuchó con mucha reticencia, pero a lo largo del mundo halló casos donde los cultos y las religiones paganas ponían reglas estrictas y ridículas, en su mayoría, eran las mujeres quienes llevaban a cuestas todas esas costumbres arcaicas. No parecía que esto hubiese pasado aquí, no por un género, al menos. ¿Sería su olor a secuoya lo que le mantuvo cautiva? —Dios no es un concepto a entender,— murmuró y asintió.

No se veía entrando a una pastelería, pero encontraron un café diminuto y poco atractivo al final del sendero, justo donde la civilización volvía a sonreírles.

¿Quiénes son tus padres? ¿Fueron ellos quienes conceptualizaron tus creencias?— bueno, no iba a quedarse con la duda, y ya que estaban aquí, bien podría abordar la otra cara de la moneda, y sobretodo, ¿qué enmascaraba su aroma?

Pasaron al interior, el intenso aroma del café despertó su apetito y regaló cierto consuelo, algo indescriptible que alejó todas las posibilidades de males, aun cuando consigo arrastraba a la joven cuyos ojos podían detener a cualquiera. Durante sus años de misionero encontró seres extraños, peculiares y extraordinarios; brujos, se hacían llamar y todos tenían la particularidad de entender el ocultismo. Fantoches, creía la iglesia, aunque Mauro tenía sus reservas, les había visto hacer cosas majestuosas. A veces, lo atribuía al ilusionismo, pero ese olor, vamos, era difícil de pasar por alto. Por ello, les daba el beneficio de la duda. Si decían formar parte de la magia, ¿quién era él para desmentirlo?

Tomaré un café cargado— apenas llegaron a una mesilla apartada de la puerta, la mesera les abordó no tan feliz al ver su estado chorreante. Mauro estiró la mano para tomar toallitas de papel y la pasó por su rostro, acto seguido se quitó la chaqueta de la joven y se la tendió —gracias por el gesto,— su acento se enfrentó al alboroto neoyorkino de los jóvenes al fondo mientras lanzaban bolitas de papel por su mesa en un intento de pasar el tiempo.

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